Artículo de Opinión de Javier Rodríguez-losada.  Economista.

Era lunes, 17 de mayo, festivo por ser día das Letras Galegas. Serían las seis de la tarde, y me encontré sentado frente al televisor, merendando un rico bocadillo de jamón serrano, acompañado de una fría cerveza.

Que rico… ¡pero me sentí mal! En la tele, las noticias hablaban de los migrantes subsaharianos, de los bombardeos turcos a las poblaciones kurdas en Siria y de los de Israel a los palestinos de Cirjosdania y Gaza. Mientras, los americanos aplaudían a los matones locales, según sus intereses, y desde la Unión Europea hacían como si les diera el sol de frente y no vieran lo que pasaba.

Las imágenes eran nítidas y con toda claridad traían al salón de mi casa las últimas noticias de las diferentes tragedias. En esta ocasión,  no había actores ni efectos especiales. Estaba sucediendo: Migrantes de Mali y Mauritania escapaban de la violencia local y del hambre, mientras familias enteras de kurdos y palestinos miraban al cielo intentando adivinar por dónde vendrían las bombas esta vez.

Me sentí mal pensando que todo esto estaba pasando en ese momento,  apenas unas horas en avión de mi casa, donde yo estaba dando cuenta de mi bocata y mi cerveza. Completamente ajeno a las tragedias que se colaban en mi vida por la televisión. No podía decir que no sabía lo que estaba pasando, porque sobraba información. La cuestión se me planteaba a mí: ¿qué iba yo a hacer ante aquello?.

Yo era consciente de que no era un superhéroe por lo que mi contribución tendría que ser marginal, si es que podía hacer algo;  estamos ante tragedias humanas de dimensiones tremendas, que no tiene sentido enfocar individualmente, pero tampoco cerrar los ojos y continuar disfrutando de mi día de fiesta.

Entonces,  recordé mi charla con Inés días antes. Inés es mi fisioterapeuta, y resulta que Raúl, su marido, trabaja en proyectos internacionales de Médicos del Mundo. Médicos del Mundo es una ONG que trabaja con colectivos en situación límite; ayudando en primera línea, pero también formando cuadros  locales para poder perpetuar la ayuda, lo que me pareció diferencial respecto de otras ongs,  y Raúl,  participó directamente en proyectos de ayuda en Mauritania o Siria, y Médicos del Mundo también tiene proyecto en Palestina.

Siempre me parecieron admirables personas como Raúl, pero no me veía en su lugar, ni por tiempo, ni por conocimientos ni por carácter, pero tampoco me sentía cómodo mirando hacia otro lado, ignorando lo que estaba ocurriendo.

Busqué entonces en internet www.medicosdelmundo.org y me hice socio. Decidí aportar 50 euros mensuales que sé que en sí mismos,  no arreglan nada, pero como dicen: ”grano no hace granero, pero ayuda al compañero. Hice un cálculo rápido y pensé que si solo un1% de la población española hiciera algo similar, provocaríamos un cambio significativo, tanto por el apoyo popular como por los recursos movilizados. Esa es mi apuesta…. ¿La ves o pasas? . Si pasas, piensa si eres de los que aplauden o quienes hacen que no ven lo que pasa. Si te apetece apostar por un mundo mejor, visita www.medicosdelmundo.org  y manda copia de este mensaje a las personas positivas de tu lista de contactos.

Mientras releo este texto, se acerca mi hija Julia (21); Papá,…¿qué escribes?.  Le cuento y me dice: Yo también quiero participar: “tengo unos ahorros de cuando trabajé sustituyendo a auxiliares de enfermería, y me apetece hacer algo chulo con ese dinero”.

Ya somos dos. Desde luego, estoy a favor de hacerles ver a los americanos que el mundo no es su tablero de juego y a la Unión Europea,  que queremos una Europa justa y con criterio propio. Pero hace falta algo más, que tenemos que hacer individualmente.

Dedico este artículo a los trabajadores y colaboradores de Médicos del Mundo España, que deben saber  que estamos orgullosos de ellos y que no están solos.