Además en este espacio impreso en estas páginas, tengo por costumbre compartir a través de mis redes sociales los artículos que cada semana publico en esta sección. Lo cual da pie a una siempre interesante interacción con los lectores.

Entre los comentarios más recurrentes y habituales está el de aquellos que me echan en cara que mis críticas siempre caen hacia el mismo lado. Pues bien, aunque nunca he sido yo de esconder mis querencias hacia lo liberal, he de decir que no estoy del todo de acuerdo. Y para demostrarlo, por fortuna están las hemerotecas. Desde aquella comentada y ya lejana entrevista que me hizo Manuel Jabois en este diario y que me supuso un rifirrafe con el entonces presidente de la Xunta, Manuel Fraga, hasta otras mucho más recientes, han sido no pocas las ocasiones que no han sido del todo bien vistas por los dirigentes del partido al que me acusan de defender. Pero es que mi condición me ha llevado siempre –y mucho me temo que me seguirá llevando en el futuro- a procurar lo mejor para la colectividad, sin tener en cuenta si esa procura conlleva ensalzar o criticar a unos u a otros. Que, como digo, de todo ha habido. Lógicamente en función de quien haya ocupado responsabilidades de gobierno, que es a quien compete legislar y tomar las medidas que posibiliten el mejor vivir de la ciudadanía y, por supuesto, también, el mejor funcionar de las empresas, sector con el que se siento profunda y especialmente comprometido.

Otro de los reproches que con frecuencia recibo es el de aquellos que me dicen que es muy fácil hablar y criticar, que lo difícil es hacer. Comentario que suele ir acompañado del reto «¿por qué no te metes tú en política y lo demuestras?».

Pues bien, en primer lugar diré que no es necesario entrar en política para demostrar lo que uno es capaz de hacer. Las personas que nos hemos formado y que llevamos toda la vida compitiendo contra viento y marea y defendiendo en el mercado libre la pervivencia de nuestros negocios y de los puestos de trabajo que generan, ya hemos demostrado más que la mayoría de los políticos.

Pero aún así, tengo otra razón que me lleva a desconfiar de la posibilidad de poder formar parte de la vida política de mi país. Que no es otra que la sensación que percibo de que los partidos políticos son un coto cerrado y endogámico, donde lo que menos interesa son espíritus libres que puedan cuestionar según qué cosas, con independencia de lo positivo que puedan aportar a la sociedad. Y mi sospecha se apoya en el conocimiento de un caso bien cercano, el de un buen amigo mío, con un bagaje formativo y profesional envidiable, afiliado desde hace décadas a un partido, quien, tras un mal resultado electoral, se dirigió a la sede local para ofrecerse en lo que fuera preciso. Me contaba que nada más entrar en aquella sede ya advirtió los recelos y que hubo más de uno que dio un paso atrás, como diciendo ¿a qué viene este ahora aquí?. Mi amigo les explicó que simplemente quería, a nivel local, ofrecer su disponibilidad en lo que consideraba un momento difícil. Pues bien, nunca jamás recibió respuesta. Nunca nadie le trasladó ni siquiera su interés por saber en qué podía ayudar. Lógicamente, mi amigo se olvidó del asunto de inmediato, pasó a centrarse por completo en sus negocios y su familia y nunca más de él, ni de su posible ayuda, han vuelto a saber. Aunque sigue siendo militante.

Y no, no crean que es un ejemplo aislado. Como este, hay infinidad de casos. Quienes están al frente de los partidos, da igual el ámbito y da igual el color, lo que menos quieren es a alguien que pueda poner en cuestión su status quo, que pueda demostrar que hay otra forma de hacer las cosas y que se puede gobernar (o hacer oposición) de otra manera. Pero no por ello debemos dejar de ser críticos.

A ver que me contestan en las redes.