En nuestro paseo del sábado, doce quilómetros por el Oleiros rural, nos topamos con bastantes ejemplos de un lado y otro conservación y ruina.

Encontramos un hórreo derruido tras un par de décadas de abandono. Ya no hay grano en nuestros minifundios, dejamos de autoabastecernos en los años setenta y nadie guarda el grano en nuestros hórreos. Se podrían mantener anualmente conservando su esencia, podríamos cambiar sus tejas rotas, sus maderas podridas o completar su escasa paja, pero ya no son necesarios, los que se trabajan son en extensiones grandes, la “leira” se abandona y para los nuevos usos pasa a ser un lujo su conservación. Imagino que si llegó hasta hoy este hórreo es porque recibió más de un cuidado, lo recibió hasta que pararon de dárselo y el deterioro ganó la batalla ¿Se le podría dar otro uso?

Nos cruzamos con una casona blasonada en perfecto estado. En su planta baja había instalada una clínica veterinaria, en vez del ganado y los aperos. Los propietarios vivían en la primera planta y los antiguos terrenos de labranza colindantes se habían vendido para construir casas unifamiliares. Era una casona útil y próspera, bien restaurada pese a modificar sus usos. A pocos metros una antigua casa grande de labranza también restaurada, también con buen gusto, también en uso pero sin labranza, no olvidemos que está cerca de la ciudad y hay demanda de vivienda.

Vimos terrenos agrícolas abandonados, zarza, tojo y monte bajo, tierra sin utilidad salvo que la recalifiquen, terrenos baldíos en el pueblo más demandado, buena leña para un incendio de verano.

Rodeamos el terreno del pazo de Xaz, su flamante campo de golf nuevo, su naciente urbanización de lujo y el viejo edificio restaurado, convertido en sede del club de golf. Los altos muros impecables, los arboles sanos, una fuente junto al lavadero de piedra con el agua verde, el parque infantil y un saneado bosque comunal para disfrute de los vecinos.

Cuando era un crío, Galicia estaba llena de impresionantes monasterios ruinosos. Con dinero de Europa se fueron restaurando y los convirtieron en hospedajes singulares. Les dieron un nuevo uso cuando dejaron de ser el centro administrativo de sus comarcas, cuando descendieron las vocaciones y sus tierras dejaron de producir, cuando dejaron de tener utilidad, los monasterios comenzaron a deteriorase hasta caer con el paso de los años. Recuerdo de niño subir a lo alto de la torre del monasterio de Sobrado por unas escaleras con verdín, madera podrida y sin tejados, ya hace 40 años apenas quedaba algo más que sus muros.

Con los grandes pazos ocurrió algo similar, los señores vendieron sus terrenos, invirtieron en industria unos, mudaron a las ciudades o consumieron su patrimonio hasta que este fue insuficiente para mantener el símbolo de su riqueza. Perdieron la utilidad, los nuevos poderosos no los querían, se hicieron insostenibles y se arruinaron. Alguno fue adquirido y restaurado por empresarios con fortuna para utilizarlo de vivienda, otros se restauraron para el turismo rural y el resto se arruinaron. Hoy figuran en páginas inmobiliarias británicas a precios de saldo como una sombra de lo que fueron.

También queda algún cabazo por Galicia de los de varas y paja, pero son por el capricho de algún enamorado etnólogo. Como queda algún viejo carro de bueyes “aparcado”, alambiques de cobre de adorno o viejas fábricas de salazón que se muestran a los curiosos como museo de la antigua industria.

Soy un amante de nuestro patrimonio, bien lo saben los que me conocen, pero o gastamos lo que no tenemos en conservar lo que queda o tenemos que hacer legislaciones que permitan mantener lo que queda, para darle utilidad. ¿Pazos en multipropiedad como segundas viviendas? Es sólo una idea, pero sobre todo no se pongan tan puristas que no consientan ni lo que hace un siglo era aceptado sin ningún problema en casas que ya existían y que ya estaban cargadas de años. No permitan hacer anexos de aluminio que destrocen fachadas y no permitan ciertos destrozos, tampoco las casas donde sólo se mantiene la fachada, pero no se pongan tan estupendos y exigentes que impidan la llegada de quien pueda mantener o restaurar una propiedad. No inventen nuevas normas para prohibir los toldos que ya estaban hace un siglo en nuestros bajos, hostelería y comercio, dejen a la gente que utilice el patrimonio y lo tendrán todavía dentro de un siglo más.