Hace años, los de mi generación se encontraron con una puerta cerrada que aquella juventud con ansias de libertad tenía que abrir y los carceleros que poseían las llaves a la vista del clamor popular de tantas ansias de democracia no le quedó otra solución que dar salida a lo que ya era normal en el resto del mundo democrático.

Y así, se pusieron las urnas y el pueblo habló y decidió que a través de su voto los españoles tuviésemos la oportunidad de reconciliarnos y olvidar años de odio, de falta de libertades y construyésemos entre todos las bases para que nunca más se volviesen a repetir sucesos que costaron la vida a más de millón de ciudadanos cuyo único delito había sido pensar diferente o encontrarse casualmente en el lado contrario a sus pensamientos políticos.

Fueron años de crecimiento, de reconocimiento exterior a una España evitada por el resto de las democracias mundiales y poco a poco, unos y otros: socialistas, democristianos, liberales y conservadores se fueron alternando en gobernarnos y con luces y sombras nos convertimos en la sexta economía mundial y en el segundo país receptor de turismo mundial. Nuestros científicos e intelectuales recuperaban el prestigio y reconocimiento que antaño habían tenido sus antecesores.

Todo ello lo conseguimos los españoles, los que pensábamos diferente, pero nos respetamos y unimos nuestros esfuerzos para seguir creciendo y creando instituciones que garantizaban que nuestras libertades, logradas como se suele decir, con sangre, sudor y lagrimas estaban garantizadas para siempre a través de una Constitución que nos habíamos dado.

Pero no, llegó el revanchismo, la política con minúscula, la notoriedad de personajes que buscaban sitio en la historia reciente y que desgraciadamente lo tendrán, pero con reseñas que recordarán a generaciones venideras que lo que logramos muchos fue robado y adulterado por unos pocos. El asalto al poder con medios facistoides culpándose unos a otros hasta llegar a capítulos impensables hace pocos años. El silencio cobarde de una parte de la población, el proteccionismo de medios de comunicación y afán de convertirse en parte de esa casta que antes se denunciaba y que hoy es ocupada por ellos a través del famoso camarote de los hermanos Marx  (Consejo de Ministros), desde el que 24 ministros y 127 asesores deciden muchas de las veces en contra de la mayoría de los ciudadanos. El ministro de Comercio y consumo  llega a cuestionar la incidencia del turismo y la hostelería en la economía española. El ministro del Interior llamando al PP «organización criminal». O que Podemos excite la ira diciendo que los derechistas son «nazis a cara descubierta». Igual ocurre con la sobreactuación de Pablo Iglesias, y con la carencia de escrúpulos de la directora de la Guardia Civil exhibiéndose en mítines del PSOE.

El virus ha ayudado a que todo esto se agrave, pero ello no debe ser la cortina de humo en la que pretenden ocultarse y asaltar las instituciones con cambios legislativos para controlar el poder de los jueces, El BOE, y con el Rey por testigo, se utiliza cual pasquín contra el anterior Gobierno. “Quien en nombre de la libertad renuncia a ser el que tiene que ser, ya se ha matado en vida: es un suicida en pie. Su existencia consistirá en una perpetua fuga de la única realidad que podía ser” (Ortega y Gasset)

Y entre unos y otros, con los ciudadanos en medio, pretenden gobernar o seguir haciéndolo utilizando métodos peligrosos, yo diría que extremadamente peligrosos.

Madrid es el objetivo. El voto decide, respétese, eso y no otra cosa es la Democracia.