Un joven coruñés de 35 años, César de la Fuente Núñez, que tras terminar la universidad en España, amplió estudios en la universidad de British Columbia de Vancouver y el Instituto Tecnológico de Massachussetts, y actualmente es catedrático de Bioingeniería y Microbiología en la Universidad de Pensilvania, ha sido elegido por la American Chemical Society como el mejor investigador joven de enfermedades infecciosas de EE.UU.

César de la Fuente Núñez y su equipo de investigación han desarrollado un test para detectar la Covid-19. Trato de trasladar a los lectores su explicación: sobre un chip de cartón, o papel, que lleva un circuito eléctrico, se deposita una gota de saliva; este chip se conecta a una unidad USB, que a su vez se inserta en el teléfono móvil -al que, previamente, se ha bajado la aplicación necesaria-, y a los 4 minutos se obtiene el resultado, con una fiabilidad en torno al 90 %.

El coste del chip es de unos 4 euros. El desarrollo de este proceso de investigación permitiría hacer tests semejantes para detectar otros virus y bacterias.

Parte del grupo de olvidados por esta sociedad
Jóvenes como César de la Fuente Núñez merecen nuestro recuerdo y aplauso y el compromiso de la sociedad española e instituciones públicas y privadas, de crear el ambiente investigador que permita su retorno, y, naturalmente, terminar con el éxodo masivo. Ellos forman parte del grupo de olvidados por esta sociedad.

La conocida frase de Miguel de Unamuno ¡Que inventen ellos! expresaba con claridad la opinión de la sociedad española, próceres e instituciones, sobre la ciencia. Hoy, con los cambios que sea oportuno realizar, sigue teniendo vigencia, a la vista de la escasa importancia que se concede en España a la investigación.

Los recursos que se dedican a ella, públicos o privados, no responden a un plan permanente en el tiempo, sino a cuestiones coyunturales o al propósito de hacer una momentáneo lavado de imagen.

Es un hecho generalmente aceptado que el crecimiento económico sostenido de los países desarrollados, debe basarse en el saber hacer lo que otros no hacen, porque la competitividad internacional basado en costes de mano de obra, resulta imposible con los países asiáticos. Conseguirlo dependerá de la atención que se preste a la investigación, tanto por parte del sector público como del privado. Y para ello es preciso definir previamente los sectores estratégicos en los que potenciarla, planificarla de forma duradera y dotarla con recursos suficientes y estables. Desde los primeros años de formación será preciso fomentar en niños y jóvenes cualidades como curiosidad, iniciativa, trabajo en equipo, constancia, capacidad analítica, observación y trabajo bien hecho.

Curiosidad, iniciativa, trabajo en equipo, constancia…
A lo largo de los últimos meses hemos conocido a numerosos españoles, a los que han dado voz e imagen los medios de comunicación, integrados en equipos de investigación de organismos públicos, laboratorios, universidades e instituciones sanitarias de reconocido prestigio internacional, y dedicados a desarrollar medicamentos y vacunas contra la Covid-19 y a conocer mejor la enfermedad.

A ellos habría que sumar los miles de jóvenes universitarios españoles que tuvieron que emigrar, porque en España no encontraban trabajo relacionado con su formación. España incurre en la triste paradoja de dedicar una importante cantidad de recursos a la formación de nuestros jóvenes, de cuya rentabilidad se benefician otros países.