MAL, MUY mal se me ha quedado el cuerpo tras el resultado de las elecciones en Cataluña. A fuerza de ser sinceros, he de decir que el mal cuerpo ya lo traía de antes. Y que ahora se me ha quedado peor.

Llevamos ya unos cuantos años asistiendo al esperpéntico espectáculo del desgobierno que impera en Cataluña. Bien es cierto que atemperado en estos últimos meses por una prioridad aún más acuciante que la independencia, que ya es decir: la de combatir la pandemia.

He de confesar que pensaba que el haber llevado a un segundo plano de la actualidad la cuestión de la autodeterminación catalana, sumado al hastío provocado por la constante matraca que nos dieron durante años con el presunto conflicto, podía provocar un sensible descenso en el voto independentista y un alivio para el resto de los ciudadanos que ansiamos una España plural pero unida. Pero ya han visto que no. La tozuda realidad ha quebrado en mil pedazos mis ilusiones.

No cometeré la osadía de entrar a analizar las posibles causas que han provocado que esto haya acontecido. Tienen a su disposición mil y un análisis de documentados (y otro no tanto) especialistas en la materia para hacerse una composición de lugar. Pero sí que me parece oportuno resaltar algunos datos que son hechos objetivos y por lo tanto, irrefutables.

Había 5,6 millones de personas con derecho a voto en las elecciones catalanas del pasado domingo. Pues bien, el partido que más votos obtuvo, el PSC, consiguió 650.000 papeletas. Es decir, le votó un 11,6% del electorado. Evidentemente, eso no deslegitima su triunfo pero da que pensar.

Está claro que los catalanes, al contrario de lo que nos ocurre a los gallegos, tienen muy claros sus intereses a la hora de votar. Y no olvidan los precedentes ni lo bien que les fue cuando coincidieron en el poder gobiernos socialistas en Cataluña y en Madrid.

Pero es que en esta ocasión hay una cuestión que enrarece y agrava aún más la situación. Y es que, al igual que ocurrió en 2017, el partido vencedor, entonces Ciudadanos y ahora el PSC, no tendrá ninguna opción de formar gobierno. Este volverá a quedar en manos de un aún más reforzado bloque independentista. Que me aspen si lo entiendo!

Cataluña entra a partir de este momento en un bucle sin sentido. Por desgracia, en esta última legislatura hemos tenido ocasión de comprobar lo que es capaz de dar de sí un gobierno independentista en aquella comunidad. Absolutamente nada. Y con nada volveremos a encontrarnos a partir de ahora.

Por lo menos mientras dure la pandemia. Después, como ya han reconocido públicamente los líderes de los partidos pro independencia, volverán a dar la tabarra con el asunto de la proclamación de la República.

¿La solución a este desaguisado? Yo no la veo. Si ya la realidad era poco esperanzadora, tras los resultados del domingo, la desesperanza va en imparable aumento. Si el domingo estábamos mal, hoy estamos bastante peor.