¡COMO CAMBIA o conto! Y como cambian los discursos de cuando uno estaba en la oposición a cuando ocupa cargos de Gobierno. El poder tiene estas cosas. Que cambia radicalmente la perspectiva. En ocasiones he pensado que dentro de esa cartera que le entregan a alguien cuando lo nombran ministro, en realidad, lo que hay son unas gafas con unos cristales especiales a través de los que la realidad se ve de una forma totalmente distorsionada, que en nada se parece a aquel modo en el que se veía sin ellas.

Solo así se pueden entender cambios de criterio, de puntos de vista y de actuación como los del vicepresidente Pablo Iglesias respecto a las tarifas energéticas. Y ahí están los post de hace nada, esos de los que se han hecho eco estos días todos los medios de comunicación, para demostrarlo.

En su descargo he de decir que no ha sido el primero ni será el último en incurrir en semejantes contradicciones. Donde en la oposición dije digo… Y que ni siquiera es una cuestión que afecte a unas ideologías y no a otras. Por desgracia, tenemos ejemplos de sobra en todos lados. La falta de consistencia del discurso político se ha convertido en un mal endémico, del que nadie parece capaz de librarse.

Ni siquiera cuando la cuestión de fondo es de la gravedad de la que nos atañe. Porque, no lo olvidemos, si hay un servicio que en estos momentos es de primerísima necesidad es el de la energía eléctrica. Especular con él de un modo tan impúdico es de una indignidad que no tiene nombre.

Al margen de consideraciones coyunturales que a mí se me escapan, si hay un servicio que no puede estar sobrecargado de carga impositiva es el de la energía eléctrica. Por poner un ejemplo cotidiano, está muy bien que los productos de higiene íntima tengan un IVA superreducido. Pero la electricidad o el gas con los que calentamos el agua con la que nos duchamos también forman parte de la higiene y sin embargo el IVA que se le aplica es el mismo que el de un artículo de lujo. Por no hablar de otras muchas cargas fiscales de las que nos hacemos cargo en cada recibo de la luz.

Y ya casi prefiero siquiera ni citar casos tan sangrantes como el ingente gasto en energía eléctrica que están teniendo que abonar religiosamente autónomos y empresas cuyos negocios están siendo estrangulados por las restricciones de aforo y de movilidad.

Hay un clamor social al que no se le puede dar la espalda. Y, de nuevo, nos situamos en un terreno ajeno a las ideologías. Y es que no se le puede exigir el pago del 100% de sus impuestos a personas o empresas que solo están pudiendo trabajar al 25 o al 30%, para después, con el dinero de esos impuestos, pagarle el 100% de sus salarios a quien cobra del erario público.

Insisto, se trata de una consideración que ya no tiene que ver con la política sino con el sentido común, con la justicia social, con la equidad y, si me apuran, con la humanidad. Esa condición a la que muchos apelan pero que cada vez menos practican.