“Cuando vamos a administraciones públicas o tiendas o a alguna feria, si voy con mi marido, a quien hablan y explican las cosas es a él”

Begoña Pena contesta a estas preguntas mientras trabaja en la limpieza de su explotación agraria justo antes de llevar a uno de sus hijos a una actividad deportiva. Dice que concilia de verdad y que es una de las razones por las que emprendió, para que su casa y su trabajo estén en el mismo terreno. También tiene claro que la naturaleza es su hábitat y que prefiere meter las manos en el barro que estar en una mesa de oficina. Su empresa, Olor y Sabor, se dedica a la agricultura sostenible, es decir, con el menor impacto posible al medio ambiente. Ubicada en Bergondo, con alrededor de 1.500 metros, entre invernaderos y aire libre, produce, principalmente, tomates, de hasta 500 variedades, así como pimientos, brotes o flores comestibles y la hostelería es su principal cliente. El objetivo es uno y muy claro: “Que el producto, por su olor y sabor, sea como el de la abuela”.

– ¿Cómo decidiste ser empresaria?

– Fue fácil y complicado. Cuando fui a pedir información, el señor me preguntó: “¿Cómo te vas a meter al campo si tienes estudios?”. Y lo hacía precisamente porque los tenía y sabía cómo gestionar una empresa. Mi padre falleció de repente y mi madre enfermó, tenía una casa muy grande y mi marido, por trabajo, pasa tiempo fuera de A Coruña. Tenía que estar en casa, tener un trabajo flexible. Mis abuelos y mi madre se habían dedicado a esto; teníamos una empresa parada y lo que hice fue retomarla. Lo llevaba en la sangre.

– ¿Tenías entonces ya relación con el mundo agrario?

– Ya teníamos terreno al lado de casa y me gustaba. Desde siempre a mi hijo mayor le producía la verdura que comía. Tenía, por afición, un poco de aprendizaje. Había estudiado Ciencias Ambientales y, si entiendes la naturaleza, entiendes los cultivos, las plantas y las plagas que las atacan. En España no estaba arraigada la agricultura biodinámica. Normalmente se dedica la tierra a una sola cosa, pero, al final, el monocultivo atrae las plagas y agota la tierra.  Yo pongo cultivos intercalados y no agoto.

No conocía a nadie que hiciese igual comercialmente las cosas como yo, pero ahora sí. Algo estoy haciendo bien porque se están fijando en mí.

– ¿Por qué decides cambiar de vida laboral?

– Pensé que si seguía trabajando en una oficina no iba a poder ascender, forjarme un futuro profesional ni tener más hijos. Tenía que reconvertirme. Me quité de un trabajo de una mesa de oficina, de ocho a tres, y pensé en algo que me diera menos dinero y más felicidad. Y empecé en 2015.

– ¿Hay más apuesta por el producto natural y de proximidad últimamente?

– Estoy dentro de la Reserva de la Biosfera Mariñas Coruñesas e Terras do Mandeo y sí que hay más demanda, pero yo tengo una cantidad muy limitada y producto de temporada. A la hostelería le cuesta entender que no va a encontrar todo el año todo el producto. Igual una semana no hay nada, porque entró una plaga, y es complicado que lo entiendan porque tienen un negocio y tienen un plato y hay que sacarlo. Eso sí, el cliente que prueba un producto que sabe ya no quiere otro.

– ¿Se notó un cambio con el confinamiento?

– Decidí moverme lo menos posible porque no me daba beneficio con pequeñas cantidades. Me centré en el cliente que tenemos alrededor. Nos adaptamos y vamos a empezar un poco de cero. Hemos bajado ventas, pero nos hemos reinventado. Paré, voy a limpiar todo y organizarlo todo otra vez. Necesito estos meses para hacerlo. No es una tienda de ropa, que te llega el género y lo colocas; yo siembro hoy y recojo en tres o cuatro meses. Estoy en el proceso de limpiar al máximo, preparar la próxima temporada y renovar. En un año normal es difícil porque la demanda es continua.

– ¿En Galicia tenemos buenas condiciones para producir alimentos?

– Lo bueno es que en Galicia se da todo, pero también las plagas se adaptan a todo. El clima es favorable para lo bueno y lo malo. Mi madre, que se había dedicado al campo, me decía que no hiciera experimentos, pero, al final, me dio la razón: tenía que hacer algo diferente. Algo que a la gente le interese, porque no podía competir en cantidad sino en calidad. Que la gente pruebe y se quede con ganas de más. La mentalidad en Galicia suele ser todo a lo grande, a lo fácil, con cultivos que ya están vendidos antes de plantarse. Se suele arrancar y poner otra cosa, pero yo dejo la tierra descansar y algunas plantas aguantan el invierno y dan en primavera.

– ¿A qué problemas te enfrentas en el día a día?

– A nivel personal, las dificultades las tengo si no me gestiono. Puedo trabajar a cualquier hora así que me tengo que autorregular. Cuando mi marido está trabajando, yo no puedo. Es un engranaje, tenemos que ser un reloj suizo, engrasado. Con la administración, es muy complicado. A nivel ayudas, las hay, pero poco menos que tienes que tener unos estudios para poder tramitarlas. Y para que te asesore, te ayude, en tema rural… Nadie se ha presentado en mi empresa de la administración en estos cinco años. Me falta ese control porque estamos hablando de alimentos. No es una tienda de regalos, es algo que se va a comer. Y también me falla que a los autónomos no nos encaucen. ¡Así entiendo por qué fracasan las empresas en los primeros años! No tienen a nadie que los guíe.

– ¿Sientes discriminación por el hecho de ser mujer?

– En el campo, mucha, muchísima, porque es mundo muy machista. He notado que cuando dices que lo llevas tú sola, te dicen: “¿No te ayuda nadie?”. Y no, no necesito que me ayude nadie porque sé hasta dónde puedo llegar y es lo que hago. El campo es un sector en el que trabajaba mucho la mujer, pero quien se llevaba la fama era el hombre. Es así. Cuando vamos a administraciones públicas o tiendas o a alguna feria, si voy con mi marido, a quien hablan y explican las cosas es a él. Noto machismo, cómo te miran como: “Seguro que te ayuda alguien: tu padre o tu marido”. Pero no lo necesito, me he formado para poder hacerlo todo yo y me sigo formando. Me encanta mi trabajo, la naturaleza y no tiene precio vivir alrededor de lo que me gusta. Y puedo conciliar con mayúsculas.