A veces hablamos con demasiada ligereza de cuestiones que son verdaderamente importantes. Quizá por desconocimiento, quizá porque no nos afectan en primera persona o, sencillamente, por frivolidad. Así, escucho a diario a infinidad de personas lamentarse con sobreactuada indignación de las cosas más banales. Ponen el grito en el cielo por no poder ir a tomar un vino, a la peluquería, al fútbol o al hipermercado del pueblo de al lado. Es por ello que cuando escucho a mi madre decir que lo que más puede echar hoy de menos una persona mayor es un sencillo abrazo de las personas a las que quiere, se me encoge el corazón. Es entonces cuando comprendo en toda su dimensión que lo verdaderamente trascendente está dentro de nosotros, en nuestra propia humanidad.

Mi madre tiene 76 años y, por suerte, está en su casa. Pero su corazón está también con toda esa gente mayor que está pasando sus últimos días en una residencia o en un asilo. Esas personas a las que tanto está castigando esta pandemia. Fruto de esa sensibilidad, cuando el otro día escuchó que debido a los nuevos brotes se barajaba la posibilidad de prohibir la visita de los familiares a los residentes, sintió un profundo dolor. Y en su infinita sabiduría me planteó una sencilla solución: que las Administraciones utilicen todos establecimientos hoteleros que, por desgracia, ahora mismo están cerrados para trasladar allí a los residentes que se encuentren bien. En ellos podrían tener una estancia más agradable y más segura, ya que las personas que hubieran padecido un contagio quedarían aisladas y atendidas en la propia residencia.

No es una medida descabellada. Durante el confinamiento en varias ciudades españolas se recurrió a hoteles vacíos para acoger enfermos. ¿Por qué no utilizarlos ahora para acoger a nuestros mayores sanos, proporcionándoles un espacio confortable, seguro y en el que poder recibir visitas de sus seres queridos? Ahí lo dejo.

En otro orden de cosas, y al hilo de estas últimas restricciones por parroquias, me gustaría puntualizar que, aunque es la hostelería –entendida en su más amplia extensión- la que está en el foco de todos los perjuicios, no es ni mucho menos el único sector afectado. Las restricciones afectan tanto o más a otro tipo de negocios. Y con dos agravantes. Primero, en muchos casos se trata de negocios que ni siquiera están en los ayuntamientos a los que se les han impuesto las limitaciones. No voy a buscar ejemplos ajenos cuando tengo un caso propio: una tienda de muebles en Ribadumia no vive, desde luego, de sus clientes de Ribadumia. Por lo tanto, si cierran perimetralmente las principales ciudades de Galicia, que es de donde proviene mayoritariamente su clientela, aunque legalmente pueda seguir abierta, de poco le va a servir, más que para generar gastos. Y segundo, al no tratarse de un cierre obligatorio, ya que en teoría puede seguir ejerciendo su actividad –aunque ya me dirán ustedes a quién-, no va a tener acceso a ningún tipo de subvención ni ayuda. Y ahí lo dejo también.

Por cierto, hoy debería haberme vacunado de la gripe. Pero, claro, me han llamado para anularme la cita porque no hay vacunas. ¿Quién se encargó de hacer la previsión? ¿Por qué se animó a la ciudadanía a vacunarse si no iba a haber vacunas? Otro disparate más en el medio de esta disparatada situación. De antología, vamos.