Mi primera fuente diaria de información suele ser la radio. Después, aprovecho el momento del desayuno para ojear con un poco más de calma la prensa escrita y la digital. Pero nada más despertarme lo primero que hago es conectar la radio. Y en estos últimos días me ha coincidido escuchar varias tertulias en torno a los disturbios que están aconteciendo en algunas ciudades españolas. Como en toda tertulia que se precie, no resulta fácil sacar de ellas conclusiones al respecto. He escuchado a algunos tertuliano decir que estaban alentadas por la extrema izquierda, a otros que por la extrema derecha y a otros que se trataba de antisistemas. No voy a ser yo quien dilucide la cuestión. Pero, eso sí, lo que tengo claro es que personas que tienen un sueldo fijo y garantizado porque viven del erario público, no eran.

¿Quién está entonces provocando los disturbios? Pues supongo que personas de toda clase, procedencia y condición a las que une el hecho de vivir sometidos a una insoportable incertidumbre.

Porque en España ya hemos demostrado que la gente no se enfada porque se tomen determinadas medidas. Hemos vivido un primer confinamiento, con restricciones mucho más duras que las de la actual situación, y nadie se echó a las calles. A la gente lo que la irrita y desespera no es que se tomen medidas –aunque éstas hayan sido nefastas, como han demostrado sus resultados- sino la falta de ellas. La gente está harta de estar harta.

En Alemania, por ejemplo, se ha decretado de nuevo el cierre de bares y restaurantes. Pero el Gobierno pagará a sus propietarios el 75% de lo que facturaron en ese periodo el año anterior. En España, no. En España no decretamos cierre de negocios alguno porque eso implicaría tener que implementar medidas compensatorias. Es mucho mejor seguir permitiendo que los negocios se mantengan abiertos y que cierren por inanición. Porque los gastos y los impuestos siguen siendo los mismos pero los ingresos no, porque la clientela no puede llegar hasta ellos, como por desgracia le ha pasado a mi buen amigo Pepe Solla.

Al final, los empresarios, los restauradores, los hoteleros, los comerciantes se ven abocados a cerrar sus negocios pero el Gobierno se lava las manos porque «¡Ah! Ha sido decisión tuya. Yo te permitía seguir abierto». No se puede ser más cínico.

Dice el Gobierno que es que no hay recursos suficientes. Y lo dice justo una semana después de subirse el sueldo y anunciar también un incremento en el salario de los funcionarios públicos. Y es entonces cuando el indignado, el arruinado, el desesperado y el desesperanzado se echa a la calle.

Por supuesto ningún acto de violencia está justificado. Pero es un riesgo que se corre cuando se tensa la cuerda al límite, cuando en lugar de apaciguar los ánimos te regocijas en la provocación. Y eso es lo que está haciendo en este momento este Gobierno. O, mejor dicho, este desgobierno.

Claro que hay recursos. Es cuestión de repartirlos con ecuanimidad. Por ejemplo, una pequeña cesión por parte de quien tiene sus ingresos garantizados todos los meses podría permitir mitigar la penosa situación de quienes, aún hoy, tienen que pagar por trabajar. No es la solución definitiva, desde luego. Pero es un alivio. Y en estos momentos, hay alivios que valen una vida.