La actualidad no da tregua y bien podría una semana más dedicar este espacio a las cuestiones de la vida política y económica que inexorablemente centran nuestra atención día a día desde hace ya demasiado tiempo.

Podría hablar de las nuevas restricciones que nos han sido impuestas y que van a  llevar a la penuria a infinidad de empresarios y autónomos, ya que en esta ocasión no se han decretado en paralelo medidas de compensación para los colectivos y sectores que se vean afectados.

Podría hablar del ejemplo que, una vez más, nos acaba de dar el Gobierno de nuestro vecino Portugal con la decisión de devolver a sus ciudadanos el IVA correspondiente a sus gastos en restaurantes, alojamientos y actividades culturales realizados durante el trimestre anterior.

Podría hablar de la cobardía de nuestro Gobierno que en lugar de dar un puñetazo en la mesa, echarle lo que hay que echarle e intervenir Alcoa, mira para otro lado y se esconde en vanas e inútiles declaraciones de buenas intenciones.

Podría hablar de eso y de mil cosas más. Pero en lugar de eso, hoy prefiero hacerme eco de algo mucho más placentero, aprovechando el paréntesis que me ha proporcionado la invitación de mi buen amigo, el periodista y gastrónomo pontevedrés Guillermo Campos. Quien, por cierto, es el único gallego que figura entre los 35 mejores periodistas españoles especializados en gastronomía en un ranking publicado recientemente  por la revista Tapas, publicación que pertenece al mismo grupo editorial que la económica Forbes.

El caso es que de la mano de Guillermo Campos y, una vez, allí de la de ese excelente cicerone que es Mikel Zeberio (profesor de la Basque Culinary Center y Premio Nacional de Gastronomía), he tenido ocasión de conocer de primera mano, en Cuéllar (Segovia), el proyecto Terrabuey. Un proyecto que nace de la pasión de la familia Guijarro por la ganadería tradicional, que les ha llevado a reunir en su finca a los mejores ejemplares de buey de la península. Impresionantes bueyes de diferentes razas (rubia gallega, minhoto portuguesa, barroso, frisón, alistano-sanabresa…) que se crían en libertad, alimentándose de una manera natural hasta que alcanzan su momento optimo para el sacrificio. Su carne madura después en cámaras, donde pasan dos meses como mínimo. Para después ser servidas en el restaurante-asador La Brasería de Cuéllar,  que la familia regenta desde 2012, o en la zona acondicionada para eventos con la que cuenta la propia finca.

La experiencia resulta fascinante. Y no solo por la calidad de las carnes. Terrabuey ha conseguido trascender al buey y a su carne de lo meramente gastronómico para convertirlo incluso en un reclamo turístico. Y lo ha hecho gracias a un concepto innovador, sincero y honesto de la ganadería y de la gastronomía, que consigue, al tiempo, poner en valor el producto y el territorio. Seguramente mucho podríamos aprender en nuestra Galicia de este tipo de experiencias. Y así lo constatamos durante esta visita. Que, ya digo, se convirtió en un auténtico oasis de placer en este árido desierto que venimos atravesando desde que nos asoló la pandemia.