La ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, propone un nuevo marco laboral. En su opinión, lo que hace falta es que todos tengamos un trabajo decente, un empleo estable, contratos indefinidos y buenos salarios. Y, todo esto, sin vivir en el mundo de la piruleta, el país de los unicornios ni la tierra del arcoíris. Suena bien, ¿verdad? Sería guay, sería chupi, qué chupi… sería chachi-piruli que todos los españoles (y españolas) pudiéramos tener todo eso sin tener que perder nada a cambio. Como planteamiento, cualquier asalariado firmaría ipso facto, con una sonrisa y un boli de esos de los de siete colores. Lo que pasa es que a la ministra se le olvida un pequeño, prácticamente nimio, detalle: ¿quién puede pagar todo eso?

Para que haya trabajo decente, empleo estable, contrato indefinido y buen salario hace falta que haya empresas pujantes, bonanza económica y beneficios. Y, lamentablemente, estamos más lejos que nunca de ese escenario. Cuando llueve crisis encima de una crisis que aún no se había ido del todo, cuando los empresarios de hostelería se ven obligados a malvivir (los que todavía pueden abrir sus negocios), cuando los impuestos asfixian… poco margen queda para ese escenario de fantasía que pinta la ministra. Claro que Yolanda Díaz, que ha visto más de cerca la realidad de los liberados sindicales que la de los empresarios sin liberar, quizás crea que todas esas cosas nacen en los árboles.

Anda peleada la ministra de Trabajo con el de la Seguridad Social porque la una dice que hay que jubilarse antes y el otro, que después. España es el segundo país de la Unión Europea con el menor número de trabajadores de más de 65 años pero, para Yolanda Díaz, la experiencia no es un grado sino un estorbo. Y eso sin tener en cuenta que, con la esperanza de vida en nuestro país, una de las más altas del mundo, el pago de las pensiones se alarga durante muchos años para empezar la jubilación tan temprano. Y volvemos a la gran pregunta: ¿Quién paga todo eso?

Pues mientras el uno propone estirar la presencia en el mundo laboral mientras uno tenga salud y capacidad, la otra prefiere que, pasados los 65, haya más espectadores vigilando las obras. El problema de la negociación en el mundo empresarial y laboral siempre ha sido poner de acuerdo a Gobierno, sindicatos y empresarios pero, ahora, hay que añadir al Gobierno A y al Gobierno B. La negociación bien entendida empieza por uno mismo y ni siquiera el propio Ejecutivo tiene claras sus metas, que unos van proponiendo y los otros van discutiendo. Y así, hasta el infinito y más allá. O hasta la fecha de jubilarse, lo que llegue primero.