Somos expertos en las responsabilidades derivadas. La culpa nunca es nuestra, siempre es de otro, sobre todo cuando el que habla es un político (o política) con un cargo de responsabilidad. La crisis de 2008 no fue por la banca, ni por la avaricia ni por la deuda, fue todo culpa del sector inmobiliario. Nada que ver que los bancos dieran créditos superando el 100% de la hipoteca, ni que los que mandan en el Banco de España estuvieran durmiendo, comiendo o viajando con los que provocaron la crisis. Poco importa que en los consejos de las cajas públicas hubiera muchos cargos políticos y de sindicatos de clase, bastante más ocupados en gastar la banda magnética de la tarjetas black que de ejercer su labor de control y vigilancia. La culpa, todos lo sabemos, fue del ladrillo.
Diez años después, tenemos otra crisis, sanitaria, de la que no tienen la culpa el 8-M, ni la falta de previsión, ni estar a «velas vir» mientras caían China primero e Italia después. La culpa es, faltaría más, de la hostelería, el nuevo sector del ladrillo, que está detrás de todo lo malo que nos pasa. Y si se trata del ocio nocturno, discotecas, pubs y demás antros de perdición, más aún. Nada que ver que haya botellones, fiestas en domicilios privados, reuniones a tutiplén en las playas y churrascos campestres donde la única mascarilla que se puede encontrar es la que los festeiros se han echado en el pelo.
La culpa es siempre del sector privado. Si el cliente siempre tiene la razón, el empresario siempre tiene la culpa. Además de mantener al Estado, de pagar impuestos, de cumplir la legalidad, ahora también somos responsables morales de la conducta de los seres humanos que acuden a los negocios. Que se pongan la mascarilla, que guarden la distancia, que no fumen… A falta de escuelas infantiles y centros de día para críos y ancianos, ahora tenemos que ser las guarderías de mayores.
Ahora el Gobierno, que nunca es responsable de nada –por eso pone como pantalla a un médico como Fernando Simón para escudarse detrás y que parezca que toda la culpa de lo que pasa es del técnico y no del político–, ha decidido extremar las restricciones a la hostelería, imponer el toque de queda a la una y cerrar las discotecas. Una vez más, la culpa es del empresario. En este caso, los responsables, hasta hace solo unos meses, del ocio nocturno. Como en la canción de Demi Lovato y Luis Fonsi, que ya no sonará en los locales, «Échame la culpa». Y a bailar, a casa.
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