Si hay un sector perjudicado por la pandemia (o al menos uno de los más perjudicados), ese es, sin duda, el de la hostelería. Los cálculos para toda España hablan de la posibilidad de que 65.000 locales se vean obligados a cerrar en 2020. Eso, los más optimistas porque, si hay confinamiento de nuevo, las cifras podrían ascender hasta los 85.000. Actualmente, el sector se ve obligado a hacer equilibrios en la barra. Primero, con el miedo de que se vean obligados a echar el cierre si hay una nueva oleada del virus o en caso de que se produzcan confinamientos locales debido a los rebrotes. Después, con los empleados, porque muchos todavía no han salido del ERTE al que las empresas se vieron obligadas a acogerse para no tener que despedir. En tercer lugar, con el IVA y otros impuestos, que el Gobierno amenaza con subir para tratar de salir de la crisis económica. También hay que hacer equilibrios para tratar de esquivar al virus, desinfectando, manteniendo distancia de seguridad, recordando a todos la necesidad de llevar la mascarilla y de respetar las normas para proteger tanto a los que se apoyan en la barra como a los que trabajan detrás de ella. Y, por último, contra algo más invisible aún que el propio coronavirus: el miedo de contagiarse lo que, a pesar de haber sido capaces de superar con éxito todos los escollos anteriores, podría hacer que los clientes decidieran quedarse en casa y dar la puntilla final a cualquier negocio. La hostelería es un sector importantísimo para nuestra economía. Pero también es el hilo invisible que actúa como catalizador de otras muchas facetas de la vida. Desde la social y familiar –porque es en bares y restaurantes donde nos juntamos para celebrar o para lamentar lo que nos pasa–, hasta la laboral –por el café de media mañana, el menú del día o las cañas de después– o la comercial, ya que comercios y locales se retroalimentan cuando están abiertos, dando vida a la zona y permitiendo que nuestra ciudad sea algo más que un simple conjunto de calles y edificios donde solo se trabaja y se duerme. De eso va precisamente la campaña de Ascega que hemos llamado Coruñea, de pasear, de ir de una tienda a un restaurante, de hacer unas gestiones a tomar un café, de salir de un espectáculo a tomar una copa. De darle contenido a una ciudad a la que nunca le faltó vida en la calle. Porque con mascarilla y gel hidroalcohólico, con distancia de seguridad y con precaución hay que seguir viviendo. Y si el alcohol es bueno para acabar con el virus, que al menos nos lo sirvan en un vaso con hielo.