Galicia elige este fin de semana a los representantes políticos que dirigirán su futuro durante los próximos cuatro años. Ha sido una campaña extraña, diferente, en la que hemos visto mucha mascarilla y choque de codos y pocos seflis y besos a niños. Cosas de la nueva normalidad. Pero, al fin y al cabo, hay cosas que no cambian. Como los carteles con la sonrisa profidén de los candidatos, los mítines (aunque este año haya sido guardando más distancia por seguridad) y, cómo no, las promesas electorales.
Candidatos y candidatas han pasado por la sede de Ascega con una característica común: todos (y todas) «superpreocupados» por lo que hicieron sus contrincantes y poca, muy poca, autocrítica. Sucede, de forma recurrente, que cada cuatro años alguien se acuerda de que existimos y decide empezar a preocuparse por los problemas, aunque el interés suele diluirse tan pronto como empieza a desaparecer su cara de las farolas. Todo esto, cuando no se vota con las tripas, acaba influyendo en la intención de voto.
Hace tiempo que dejamos de creer en los dogmatismos, porque es el esfuerzo y la dedicación y no las ideas lo que puede llevar al éxito. Por eso, cada vez votamos más con la cabeza y menos con las tripas. En cuatro años, hemos podido trasladar las preocupaciones y propuestas a los políticos y, como siempre, hay algunos que ven en la política solo un negocio y otros que vienen de manera reiterada, con intención real de ayudar. Por eso es una lástima que no existan las listas abiertas, para poder votar a la persona que se compromete con el de al lado, independientemente del partido, porque en todos hay ambos perfiles.
Los emprendedores necesitamos que las instituciones decidan acabar con una política de subvenciones que se encarga de dopar una economía irreal. Es preciso una igualdad de oportunidades y de derechos, que exista seguridad jurídica, que se reconozca el esfuerzo que supone sacar una empresa adelante y que las segundas oportunidades sean reales. Que la política baje a la calle y deje los despachos. Que las visitas no se den cada cuatro años. Y que de las palabras se pase a los hechos. Ojalá eso forme parte también de la nueva normalidad.