Creíamos que el siglo XXI, repleto de formas de comunicación que hace treinta años ni siquiera hubiéramos imaginado, sería perfecto para la libertad de expresión. Tantos canales, tantos medios, tantas formas de comunicar y tan diversas no podrían traer otra cosa que una infinidad de opciones de hablar con franqueza, de opinar sin tapujos y de poder, al fin, ser libres de pensamiento a la vez que de palabra. Curiosamente, ha sucedido todo lo contrario. La mitad de los programas de televisión, las películas o las canciones que triunfaban en los años 80, una época con bastantes menos opciones de comunicarse pero con muchísima más libertad, no durarían hoy ni dos minutos examinados bajo la lupa de lo políticamente correcto. Seguramente, la añorada «Bola de cristal» no resistiría el análisis hoy en día sin mostrar un ápice de machismo, desprecio a personas con diversidad funcional, a las personas racializadas o LGTIBfobia. La penúltima (siempre es la penúltima, porque siempre llega una nueva) exigencia de revisión la sufre «Lo que el viento se llevó», una película estrenada en 1939 que, según los más puristas, no se ajusta al canon que se exige hoy en día sobre el racismo. No se trata de si el filme, con sus más de 80 años encima, es un dechado de virtudes porque, en realidad, tampoco se trata de nada más que una película. Lo mismo sucede con «La mataré», de Loquillo, una canción rechazada por ser considerada machista y que generó muchos problemas a su autor si la cantaba mientras que, paradójicamente, innumerables letras de regaetón, mucho más explícitas y donde el trato a la mujer es cuando menos cuestionable, pasan el filtro sin más problemas. Tampoco a nadie se le ocurre prohibir cualquier película de Tarantino por apología de la violencia, aunque igual no es cuestión de dar ideas. Resulta reconfortante que la sociedad avance en sensibilidad pero, en homenaje a Jane Austen, tampoco debería perder el sentido. La creación artística no deja de ser un ejercicio de fantasía, en el que el autor crea un mundo imaginario, una realidad alternativa o una quimera no necesariamente real. Un espectador adulto, con sus capacidades intactas, debería ser capaz de distinguir realidad de ficción, además de añadir «atenuantes» a la historia como el año en el que fue creada o el contexto social, que también suman, para realizar un ejercicio de mirada crítica. El problema es que, en el mundo actual, al adulto no se le considera como tal. Necesita la tutela de la sociedad, del Estado y de sus congéneres, que amablemente ejercen de balconazis para asegurar que lleva la mascarilla, que no le grita a sus hijos y que paga religiosamente sus impuestos. En tiempos de la dictadura, la censura nos impedía caer en peligros tales como el comunismo, la conspiración judeomasónica o la concupiscencia. En el mundo actual, con la autocensura es más que suficiente. No es necesario que Franco nos recuerde que no se nos puede dejar solos, ya nos encargamos nosotros de portarnos bien como si siguiera vigilándonos. El tío Paco estaría muy orgulloso de saber que, aún pudiendo ser libres, preferimos elegir no serlo.