Primero fue el momento de quedarse en casa, para tratar de controlar el virus. Después, llegó la hora de ir saliendo poco a poco. Y, ahora, llega el tercer paso, no por ello menos importante, que es el de reactivar la economía para tratar de que la recuperación llegue lo antes posible. Las perspectivas no son buenas. A la optimista expectativa de la recuperación en V, siguió la menos ambiciosa en forma de U y así podríamos seguir buscando letras en el abecedario hasta encontrar alguna que pueda encajar. La economía española, según las previsiones, será de las que más tarden en recuperarse y esto no puede significar otra cosa que «algo habremos hecho mal». Nos enfrentamos a un escenario en el que se contempla poder llegar hasta la nada despreciable cifra de 6 u 8 millones de parados, según se lea un análisis más o menos benévolo. En realidad, el paro en España, por muy bien que vayan las cosas, no baja del 10% de la población activa, lo que supone unos dos millones de personas sin trabajo. Cada día más dependientes, dos tercios de los españoles viven del tercio restante. Los que no tienen nada logran subsidios como el Ingreso Mínimo Vital y los que tienen mucho, como las grandes empresas, optan a subvenciones y ayudas que les permiten dar un paso más y seguir siendo más grandes todavía. El problema está, como siempre, en los equipos que juegan en la mitad de la tabla, que no solo no son agraciados con la ayuda del árbitro sino que a veces les pitan un penalti injusto en el último minuto tras dejarles con diez sobre el campo y solo pueden recurrir al BAR, con B (muchas veces el suyo propio), para tratar de ahogar sus penas. La cosa no viene de ahora, sino que se remonta, como mínimo, 80 años atrás. El sistema español adolece de paternalismo y exceso de intervención: el Estado es el papá de todos y nos marca cómo y de qué tenemos que vivir. En la primera mitad del siglo XX, cualquier grupo de industriales podía montar una entidad financiera para darse servicio a sí mismos pero hoy esta opción es un monopolio del Estado, que es quien otorga las concesiones, en muchos casos por simpatía o amiguismo, cuando no por intereses incluso más oscuros. Por no hablar de la diarrea legislativa y de una industria que siempre ha sido subvencionada y que, cuando vienen curvas, acaba siempre en la cuneta. Aunque siempre existen honrosas excepciones, como alguna multinacional del sector textil, que no ha basado su fortaleza en las ayudas de papá Estado. La economía española quedó caduca hace tiempo. En un país donde la figura de Franco aparece constantemente, la parte económica no iba a quedar al margen. Han caído las estatuas, las calles y el yugo y las flechas de las fachadas, pero no de un sistema de producción y empresarial que ya nació viciado. A día de hoy, los enemigos del Estado siguen siendo la iniciativa privada y la libertad. El paternalismo y la autarquía siguen presentes, en un sistema que haría al caudillo sentirse muy orgulloso de su obra.