Dicen los expertos en economía que, cuando vienen curvas, las familias recurren a guardar su dinero por si las cosas vienen mal (o incluso peor) dadas. En la recesión de 2011, si es que habíamos conseguido salir de ella, el ahorro se disparó porque, quién sabe lo que puede pasar. Los economistas calculan que, hacia final de año, la tasa de ahorro de las familias españolas puede rondar el 14%, lo que supone el doble de lo que estaban guardando antes de la llegada de la Covid-19 a nuestras vidas. Dice el refrán que el que guarda siempre tiene, pero esta decisión tiene dos vertientes preocupantes. La primera sería que, si las familias se quedan en casa y prescinden del consumo menos imprescindible (salir de vacaciones, comprar libros, gastar en moda, comer fuera o ir a espectáculos, por ejemplo), la economía se resiente y es más difícil que se produzca una recuperación. La contención del gasto personal puede ser positivo para la economía propia pero perjudica que los pequeños negocios puedan levantar cabeza y reinvertir esos recursos, a su vez, en otros comercios que también los necesitan. La segunda sería que el ahorro siempre se produce cuando hay de donde recortar. Durante la cuarentena, a quienes no perdieron su trabajo, pudieron seguir con su negocio o tenían un cierto colchón, guardar les resultó profundamente fácil. Con todos los bares, restaurantes y tiendas cerrados lo complicado era gastar más allá de la compra semanal para llenar la nevera. Salvo las compras a través de internet, el ahorro fue prácticamente tan impuesto como el confinamiento. Pero esa es solo una foto de la realidad. Quienes no pudieron abrir su negocio, quienes perdieron su trabajo o quienes ya vivían apretados antes, tuvieron que echar mano de los ahorros para hacer frente a pagos inminentes y para, en definitiva, seguir adelante. El dato es concluyente: el 37% de los españoles ha liquidado todos sus ahorros para sobrevivir al confinamiento. El famoso colchón es cada día menos mullido y los alambres del somier empiezan a clavarse por doquier. El dato, descorazonador, indica que casi la mitad de la población vive al día y que, sin apenas haber conseguido remontar la anterior crisis, una nueva puede suponer la puntilla que les condene a bajar la persiana de manera definitiva. En 2008, las pensiones de los «abuelitos» ayudaron a sostener la situación pero, en 2020, la pandemia se ha llevado por delante muchos de los ahorros y también a muchos aquellos de los que ayudaron a su familia con su pensión. La tragedia personal de perder a los mayores se suma a la tragedia económica de perder un dinero que, en numerosos hogares, permitía poder levantar en el almanaque la última hoja del mes. En esta situación, en la que el corredor llega con las fuerzas muy justas a la meta, cualquier mínimo tropiezo puede hacer que esta sea la última carrera. Sin colchón, sin cerdito, sin poder hacer más agujeros en el cinturón… los imprevistos se convierten en una amenaza muy severa y muchos pueden verse abocados al cierre justo ahora que empezaban a ver la luz al final del túnel. El equilibrio y sostén de nuestra sociedad lo basamos en la pujanza de la clase media que, al igual que ha sucedido antes, se verá obligada a pagar el incremento en el gasto social del Gobierno, que de alguna manera tendrá que respaldar a los 3,3 millones de trabajadores que están ahora mismo en ERTE y al Ingreso Mínimo Vital (IMV), que beneficiará a unos 2,3 millones de personas. Si esto esto ya es preocupante desde el punto de vista de lo personal, más nos debería preocupar como sociedad y como país. Cuando el cinturón no tiene ya donde apretar, el agujero lo tenemos nosotros.